miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL MATRIMONIO EN LA SAGRADA ESCRITURA (NUEVO TESTAMENTO)

Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios que es Amor.
Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gen 1, 31).
EL MATRIMONIO EN EL NUEVO TESTAMENTO

La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel, había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por él (GS 22), preparando así "las bodas del cordero" (Ap 19,7.9)
En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo - a petición de su Madre - con ocasión de un banquete de bodas (Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.
Desde el principio de la creación, cuando Dios crea a la primera pareja, la unión entre ambos se convierte en una institución natural, con un vínculo permanente y unidad total. En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo.
La autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer en determinados casos era una concesión a la dureza del corazón. Cristo “hace” indisoluble el matrimonio.
En el evangelio, Jesucristo se pronuncia tajantemente en contra del divorcio permitido por la ley judía. Jesucristo afirma:
"¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. (Mt 19, 4-6)
Jesús les dijo:
“Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de su esposa; pero al principio no fue así. Yo les digo que el que se divorcia de su esposa, a no ser por motivo de inmoralidad sexual, y se casa con otra comete adulterio”. (Mt 19, 8-9)
“El que se divorcia de su esposa y se casa con otra. Comete adulterio contra la primera; y si la mujer deja a su esposo y se casa con otro, también comete adulterio”. (Mc 10, 11-12)
Así la mujer casada está ligada por la Ley a su marido mientras éste vive; mas una vez muerto el marido, se ve libre de la Ley del marido. Por eso mientras vive el marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la Ley, de forma que no es adúltera si se casa con otro (Rom 7, 2-3).
En el pasaje de los corintios Pablo enseña que en el matrimonio debemos entregarnos totalmente a nuestra esposa o esposo, es por eso dice, nuestro cuerpo es de nuestra mujer, y el de la mujer nuestro, para enseñar lo mismo que ambos son solamente uno y existe total identidad entre los dos, total entrega y total amor.
“No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido. Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. No dispone la mujer de su cuerpo sino el marido. Igualmente el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo” (1 Cor 7, 2-5).
En cuanto a los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido. De la misma manera, que el marido no despida a su mujer (1 Cor 7, 10-11).
La mujer casada está ligada a su esposo mientras este vive; si el esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, con tal de que sea un creyente. Aunque creo que será más feliz si no vuelve a casarse.  (1Cor 7, 39)
Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable:
Le dijeron sus discípulos: “Si este es el caso del hombre en relación con su esposa, no conviene casarse” (Mt 19,10).
Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada, más pesada que la Ley de Moisés:
“Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón. Porque el yugo que les pongo y la carga que les doy a llevar son ligeros” (Mt 11,29-30).
Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios.
Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (Mt 8,34), los esposos podrán "comprender" (Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo.
Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana. Jesucristo restaura el designio original de Dios sobre el matrimonio. Con su pasión y muerte en la Cruz eleva el matrimonio a la categoría de Sacramento como reconoce San Pablo en Efesios cuando, después de citar el texto de Gen 2,18, afirma "éste es un gran misterio -sacramentum- y yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia.
El texto clásico de las Escrituras es la declaración del Apóstol Pablo, quien declara enfáticamente que la relación entre marido y mujer debe ser como la relación entre Cristo y su Iglesia:
“Esposas estén sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia. Cristo es el salvador de la Iglesia, que es su cuerpo; y así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las esposas deben estarlo a sus maridos en todo”. (Ef 5, 22-24)
Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. (Ef 5, 22-27)
Así como el esposo ama a su propio cuerpo,  así también debe amar a su esposa. El que ama a su esposa, se ama a sí mismo; porque nadie odia su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida, como Cristo hace con la Iglesia, porque ella es su cuerpo. Y nosotros somos parte de ese cuerpo. (Ef 5, 28-30)
Después de esta exhortación, el Apóstol alude a la institución divina del matrimonio con las palabras proféticas proclamadas por Dios a través de Adán:
“Por eso el hombre dejara a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos serán como una sola carne”. (Ef 5, 31)
Luego concluye con estas significativas palabras con las que caracteriza el matrimonio cristiano:
“Este es un gran sacramento; lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia”. (Ef 5, 32)
El amor de los esposos cristianos uno por otro debe estar modelado sobre el amor entre Cristo y la Iglesia, porque el matrimonio cristiano, como copia y muestra de la unión de Cristo con la Iglesia, es un gran misterio o sacramento.
Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía.

El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (DS 1800; CIC, can. 1055,2).

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